Este agosto me he quedado a descansar en casa. He buscado una sucesión más o menos larga de días tranquilos, con poco resquicio para la llegada de nuevas preocupaciones. La brecha más importante han sido los reels del insta. Me sentaba algunos ratos para disfrutar de vídeos de señores talluditos bailando Chappell Roan, creo que tengo el algoritmo entrenado, pero claro, detecta la inquietud por el despliegue de la IA generativa. Ese monotema.
En uno de los vídeos que me enseñó, la cuenta @joshua.the.henry emplea las flores artificiales como símil para referirse a los contenidos devueltos por chatbots. El autor busca tranquilizar a las personas creativas publicitarias trasladando que una flor artificial puede copiar el aspecto de una planta botánica al detalle, pero que siempre se percibe como un objeto sin vida. Quizá tenga razón. Ojalá. O no sé.
No sé si es la artificialidad, o la falta de autenticidad, lo que más me preocupa. Lo artificial puede ser bello. Lo inquietante puede ser necesario. Y hay cosas que simplemente no merecen el cuidado, la atención, el volcado, que un ser vivo requiere.
Lo que me está causando preocupación es que nos hayamos puesto a replicar un solo tipo de flor, la que sale por defecto. Es posible enseñarle a la máquina a fabricar otras flores. Habiéndonos dedicado tanto a cultivar nuestras propias variedades, ¿por qué no usar la máquina para seguir polinizando lo nuestro? Teniendo imaginación, ¿por qué no deleitarnos en usar la máquina para experimentar con flores que no existían?
Por el momento, siento a menudo estar ante un paisaje de monocultivo. Y, si es que las flores están vivas, me parece que una plaga podría arrasar con ellas.
En imagen: Paterson (2016), de Jim Jarmusch
Sé el primero en comentar