Jugar (al juego y al no-juego) de las oficinitas

Habrá muchas explicaciones para entender por qué el fútbol es el deporte rey. Yo tengo la mía: es el deporte que más se parece a la vida.

Tiene momentos trepidantes e incluso etapas llenas de aventuras, pero, por regla general, es bastante aburrido. A veces gana quien más lo merece, aunque muchas otras lo hacen los poderosos. No puedes ganar siempre, ni perder eternamente. Se habla mucho del proceso, pero al final importan más los resultados. Los libros de historia devuelven cierta justicia póstuma a los buenos. Pero en vida vemos con más frecuencia disfrutar de la injusticia a los necios. Y, aunque nos cueste admitirlo, tanto la vida como el fútbol son, en gran medida, estados de ánimo.

Hay una idea del fútbol que siempre me ha fascinado y es que podríamos pensar que un partido se decide únicamente por lo que ocurre mientras la pelota está en movimiento. Que todo consiste en pasar mejor, defender mejor o marcar más goles. Pero el fútbol nunca ha sido sólo eso.

Existe otra dimensión que también decide partidos y que podríamos llamar el no-fútbol o el no-juego. Ahí se juega otra competición: influir en el árbitro, desgastar psicológicamente al rival, condicionar una eliminatoria desde una rueda de prensa, aprovechar el peso de una camiseta o manejar los tiempos del partido.

Muchos aficionados desprecian esa parte del juego, el no-juego, porque sienten que ensucia el deporte. Preferimos pensar que todo debería decidirse únicamente por quién juega mejor al fútbol visible. Pero si pensamos que de los 90 minutos de un partido, 60 minutos son de juego efectivo, entenderemos que el 33% del juego es el no-juego: faltas, celebraciones, lesiones, sustituciones, protestas, saques de banda, pérdidas deliberadas de tiempo…

Y si a algo se parece al juego del fútbol es al juego de las oficinas, porque ambos se parecen mucho a la vida misma

Nos gusta pensar que se considera más brillante a quien tiene más talento, o imprime más esfuerzo, o se rige por un mejor criterio y/o aporta mayor calidad. Y, por supuesto, todo eso importa. Pero no basta, hay un espacio de tamaño variable – pongamos que de un 33% – que no depende del talento en el juego, si no en el no-juego. El talento de saber comunicar, saber omitir, saber tergiversar, saber influir (por arriba, por abajo y a los pares), saber cómo generar confianza, desestabilizar al contrario, perrear al ritmo de las dinámicas de la política de la compañía mejor que nadie, saber leer a las personas, tener el don de la oportunidad y por qué no, tener suerte…

No siempre consigue generar la mejor opinión quién es mejor, si no quién más parece serlo.

Hay otro matiz interesante. Cuanto mayor es el talento del oficinista en el juego, autopercibe una menor necesidad de apoyarse en factores externos para logar que su calidad destaque. Se asume que esa capacidad acabará imponiéndose por sí sola. Pero cuanto menor es la autopercepción de calidad en el juego, mayor es la dependencia de esas otras habilidades del no-juego.

Y ahí aparece una de las mayores incomodidades de la liga profesional de las oficinas. Porque esas habilidades pueden hacer que alguien obtenga más trofeos y reconocimiento del que merece por lo que sería estrictamente la calidad de su trabajo, de lo que hace con la pelota en movimiento. Roza la injusticia para quien decidió que no quería competir en todas las dimensiones del juego.

Si alguna todavía tiene parte de su paz mental apoyándose en el mito de la meritocracia, puede estar parcialmente tranquila. Nadie vive eternamente en la cumbre si solo domina el arte del no-juego. Se puede ganar una vez. Incluso varias veces durante un largo periodo de tiempo. Pero es imposible ganar siempre dominando únicamente el no-juego.

Del mismo modo, no caigamos en el (auto)-engaño de que saber jugar es dominar únicamente el 66% del juego y honremos a quien sabe competir también en la parte poco vistosa del juego. No es algo que se aprenda en clase. Ni probando en un entorno de pruebas. Es casi un tabú. Es un talento innato (o cultivado con esfuerzo).

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Irene Santos Escrito por:

Me gusta tener un blog en la era de la IA. Sigo siendo ese tipo persona.

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