Escenas eliminadas (o Cómo aprendí a amar el proceso)

Cuando vemos una película en pantalla, lo que vemos rara vez es una traslación directa del guion con el que comenzó el rodaje. Se dice que es en la sala de montaje, ya en la posproducción del filme, donde se determina el guion final verdadero. Allí se decide cuáles de las escenas rodadas se quedan fuera del metraje o entran dentro, en qué orden se colocan, y qué planos se utilizan.

Muchas de las películas más laureadas cuentan con escenas que se cayeron en la sala de montaje. Escenas para las que, quizá específicamente, se buscaron localizaciones o se construyeron decorados en preproducción, se movilizaron equipos de técnicos y artistas, y se gastaron cantidades considerables de dinero. ¿Son entonces las escenas eliminadas una película una perdida de tiempo y recursos? ¿Estaba mal el guion? No necesariamente, ni mucho menos: es lo normal en el proceso de creación de la película.

Hay varias buenas razones para eliminar una escena del montaje. Puede que un dialogo que funcionaba sobre el papel quede raro en boca de los intérpretes. Quizá una escena, en la que se pone en palabras la motivación de la protagonista, resulte redundante, porque la actriz es tan buena que hace evidente con su interpretación no verbal lo que mueve a su personaje. O es posible que una parte de lo rodado no encaje con el tono del resto de la película.

En el caso de las superproducciones de vocación más comercial, algunas escenas importantes caen o cambian tras el feedback de un pase de prueba con público, e incluso se llegan a retomar los rodajes. La escenas eliminadas forman parte, por tanto, de un proceso creativo para entender mejor lo que se quiere plasmar en pantalla.

En nuestros proyectos, probablemente menos glamurosos y más pequeños, pero que cuentan también con dosis de creatividad por nuestra parte, debemos valorar el proceso de forma similar:

  • Querer ceñirnos rígidamente al guion o plan original, sin dejar que las variaciones e imprevistos del resto de etapas moldee el resultado, nos lleva a un producto final menos adecuado. Hay cosas que no podemos saber de antemano, y no somos peores por no saberlas.
  • Si dedicamos un tiempo y esfuerzo razonable a explorar distintas y testar alternativas, las piezas que no pasan a formar parte del producto final no son la medida de nuestra ineficiencia. Solo son baldías si no se extrae ninguna conclusión o aprendizaje de ellas.
  • Las piezas que no empleamos son potencialmente reciclables o fuente de nuevas ideas.

Seguramente ya sepáis todo lo dicho y os resulta obvio, pero no está de más tenerlo presente por si os cruzáis con personas que os proporcionen feedback desde un punto de vista puramente resultadista.

 

 

Imagen principal: Adaptation. El ladrón de orquídeas (2002)

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Alex Atxa Written by:

Freelance del Marketing. Eibartarra que encontró un camino en América Latina. Asomo la cabeza en este blog compartido.

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